¿Qué ha hecho el Frente con la cultura?

Tomado de Adentro y afuera

escrito por Álvaro Rivera Larios

comparsa

La derecha salvadoreña, me refiero a la derecha más lucida, en sus mejores momentos, ha tenido en cuenta la cultura dentro de su gestión política. No se ha limitado a reclutar y neutralizar a los artistas y a los intelectuales progresistas dándoles cargos para poder domesticarlos, también ha impulsado políticas culturales como lo demuestra el caso del general Martínez que socializó una estética vasconceliana para unificar simbólicamente al país después de la matanza del 32. Entonces, no solo se promovieron reformas institucionales, estas reformas limitadas y verticales se hicieron dentro de un nuevo marco simbólico-cultural.

En los años treinta del siglo pasado, los artistas e intelectuales salvadoreños que le dieron forma a la política cultural populista de la dictadura militar tenían como modelo la política cultural de la revolución mexicana. Sobre esa base, sobre esa experiencia, sobre esa filosofía, han pivotado las políticas culturales que se han impulsado después en nuestro país. Incluso ahora, continuamos viviendo de esa herencia vasconceliana.

Que la derecha asuma el romanticismo conservador de Vasconcelos, que era un romanticismo en el cual el pueblo –como unidad orgánica– desterraba de sí mismo la lucha de clases, me parece comprensible. No fue casualidad que en los años cuarenta, Vasconcelos apoyase a los nazis. Pero que la izquierda aún no haya evaluado la filosofía que ha regido las políticas culturales que se han impulsado en nuestro país en los últimos 70 años, sí que resulta sorprendente ¿o no?

Resulta paradójico que Martínez el teósofo le concediera importancia a los valores espirituales y a su traducción en una política cultural con eficacia ideológica. Resulta paradójico, si lo comparamos con una izquierda como la actual que valora de palabra la cultura, pero que no traduce dicha valoración en una nueva filosofía y en una nueva política cultural.

De nada vale que se organicen mesas de discusión con los artistas, de nada vale que se encarguen estudios e informes a especialistas, si quienes adoptan las decisiones creen que la cultura es un rubro secundario y ornamental de su gestión política. Las posibles causas de esta minusvaloración –que ocultan las palabras oficiales y delatan los gestos políticos– podrían ser un tema interesante para una nueva mesa de debate.

A la hora de la verdad importan poco esos intelectuales de izquierda que se han graduado en los Estados Unidos y Europa y en compañía de los cuales se fotografían los líderes populares, a la hora de la verdad lo que importa es lo que esos líderes hacen y el pensamiento que subyace en sus conductas y lo que sus conductas sugieren es que la cultura para ellos, dentro de su proyecto de cambio (si es que lo tienen), importa muy poco.

Esa minusvaloración práctica de las artes y las letras, esa minusvaloración práctica de la dimensión estética es propia de una izquierda positivista y mostrenca que considera que el cambio se reduce al reparto del arroz y que estima que la socialización de nuevos valores es algo secundario.

Una visión amplia de la praxis, una visión amplia de la transformación social no puede dejar al margen la cultura ni dejarla en manos torpes que la reduzcan a una dimensión clientelar y secundaria.

Todas estas lagunas conceptuales y prácticas que arrastran los dirigentes del FMLN a la hora de implementar una política cultural, nos revela que lo único que están haciendo es gestionar mal la herencia dejada por Arena. Esta actitud podía disculparse en su primer gobierno, pero a estas alturas ya puede verse como una dejación de carácter estratégico.

No estoy sugiriendo que el Frente no haya hecho nada a estas alturas. Pero que haya hecho “algo” sabe a muy poco si tenemos en cuenta los inmensos sacrificios que ha costado que “la izquierda llegase al gobierno”.

Y tampoco es que estemos aquí ante un caso más de esperanzas enfermizas. Lo que se espera que haga el Frente es que por lo menos manifieste la voluntad de aplicar mínimamente aquellos criterios que se extrajeron de las mesas de consulta a los trabajadores de la cultura. Esos criterios de alguna forma se han convertido en promesas incumplidas.

¿Por qué los artistas no habrían de reclamarle a un partido que luego de llamarlos a consulta por dos veces, por dos veces les ha hecho promesas de gobierno que luego no ha cumplido? ¿Es que acaso los artistas, como ciudadanos, no tienen derecho a reclamarle a una fuerza política por no cumplir con su palabra?

Ya va siendo hora, pues, de que la gente del mundo de la cultura deje de acudir como una tropa ingenua a esas mesas de consulta y discusión a las que siempre se les invita cuando llega el tiempo de las elecciones.

Yo diría que la gente del mundo de la cultura, más que en el campo de las esperanzas enfermizas, ha caído en el mundo de la resignación patológica. Le cuesta hacerle oposición de izquierda a “un gobierno de izquierda”. Después de seis años, muchos todavía esperan que el Frente haga algo que lo redima de sus torpezas, sus lagunas, sus dejaciones, sus promesas incumplidas.

El FMLN lleva cerca de 23 años dentro de las instituciones de la actual democracia. Tiempo suficiente para haber desarrollado una filosofía de la cultura que fuese más allá de Masferrer y Vasconcelos, tiempo más que suficiente para haber concebido una política cultural que mejorase o trascendiese las impulsadas por la derecha. Lo que no puede ser es que hoy estemos echando en falta a Federico Hernández Aguilar.

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