Allan Barrera, neta contemporaneidad

Tomado de Contracultura
Escrito por Róger Lindo Diciembre 2014

Fotos: Róger Lindo

Fotos: Róger Lindo


El ganador de los Juegos Florales 2014 en la rama Poesía se mueve dentro de una tradición urbana, de posguerra. Sin dejar de responder al entorno social, el poeta reivindica una nueva vivencia del espacio público y el repliegue hacia ‘el espacio íntimo’

Los paraísos de la desolación, de Allan Barrera, de 29 años, es la obra ganadora en la rama de poesía en los Juegos Florales de El Salvador 2014. Barrera empezó a escribir en la universidad, poco después de enrolarse en la licenciatura de Literatura (actualmente trabaja en una maestría de Estudios de Cultura Centroamericana). Su poesía es neta contemporaneidad: se sitúa en la generación que se formó en la posguerra, en la que también caben escritores como Francisca Alfaro, Noé Lima, Eleázar Rivera y Vladimir Amaya, todos de filiación urbana. Las tragedias familiares, los ámbitos urbanos, la violencia son sus temas. Una de sus autoras favorita es la argentina Olga Orozco, compañera de generación de Oliverio Girondo y Alejandra Pisarnik, poetas que nacieron en los años 30 del siglo anterior. Los paraísos es su primer poemario. En esta breve entrevista, Barrera habla de sus lecturas y de cómo vive y piensa su época.

¿Cuál es la historia detrás del poemario?


Surge de una experiencia muy personal, interiorista. Tiene que ver con la historia de mi familia, ese infierno muy intimo que uno lleva. La gente que me conoce de cerca sabe que he tenido una historia familiar muy complicada: la muerte de mi madre, la relación complicada con mi hermano. Trato de hacer una propuesta honesta; no me gusta mentir.

¿Cuánto tiempo te llevó escribirlo?

Es un trabajo de dos años. Empecé a escribirlo en 2011. Por primera vez pensé que tenia algo que podía compartir con la gente; ahí hay poemas de 2011 y 2013.

¿Qué cosas exploras en tus poemas?

El espacio urbano, la muerte, la violencia cotidiana, los recuerdos de la infancia, la soledad. Tengo uno dedicado al centro de San Salvador, escrito en prosa a partir de recuerdos de mi adolescencia cuando pasaba por ahi. Otros poemas tienen que ver con una búsqueda interna, de querer volver a algo… querer encontrar en el arte ese lugar donde estar.

¿Cuándo empezaste a interesarte por la literatura?

Fue gracias a un profesor de bachilerato, Manolo Isaías Castro [en el Instituto Isaac Newton en el barrio La Vega]; él fue el que nos hizo apasionarnos por la literatura. En ese momento empece a leer Cien años de soledad, a Edgar Alla Poe…

¿En qué momento empezás a escribir?

Cuando primero quise escribir poesía fue en la universidad. Al principio trataba de imitar a poetas como Jaime Sabines, Roque Dalton y Benedetti; luego vino Vallejo, un verdadero maestro, un poeta profundamente humano y que hizo de la tristeza una obra monumental. Luego me interesaron los simbolistas —Baudelaire, Rimbaud… De Cesar Moro me gustaba mucho el surrealismo; lo veía como una posibilidad de renovar la metafora y la exploración de la subjetividad del ser humano. Traté de imitar el metodo de construcción de la imagen; me fui alejando de la poesía referencial y adoptando la que era más metafórica, como en el surrealismo francés.

Hubo una escritora que me gustó mucho: Olga Orozco, compañera de generación de Oliverio Girondo y Alejandra Pisarnik. La que más me gusta es Olga, esa mezcla un poco decadente; una poesía un poco torturada que siempre te está hablando desde el límite.

¿Cómo eran tus primeros poemas?

Uno comienza escribiendo poemas de amor. Ahora me cuesta mucho escribir poesía romántica, y la poesía social no me sale, no me siento muy cómodo con ella. La que se me hace más familiar es la que parte de mi interioridad. Cosas que me pasan que son muy mías, pero vinculándolas con el mundo exterior… Hace dos años, 12 de agosto, falleció mi madre. Me refugié en la poesia; eso me salvó de la muerte espiritual. La muerte de mi mamá tambien detonó esa vena poética.

¿Dónde conseguías libros?

Conseguia libros en los usados del centro. Antes no tenía trabajo; ahí encontrás muy buenas cosas. Ahí compré alguna vez las obras completas de Huidobro y algunos libros de Octavio Paz, Los hijos del limo y El arco y la paz.

Fotos: Róger Lindo

Fotos: Róger Lindo

¿Todavía vas ahi?

Sí, cuando bajo al centro, aunque con menos frecuencia, porque ahora, más que todo, los descargo [en la computadora].

¿Dónde creciste?

Crecí en la Santa Marta [San Jacinto], donde viví hasta cumplir los 24. Es una colonia difícil… hay pandillas… Ahí experimenté la ofensiva “Hasta el tope”. Luego me contaron que tuvimos que mudarnos para Santa Tecla recién comenzada la ofensiva porque iba a bombardear la colonia el Ejército. Cuando llegaron los guerrilleros a mi papá lo pusieron a abrir barricadas con adoquines en la calle Lara. Tengo algunos recuerdos, imágenes; recuerdo a una guerrillera explicando por qué se daba la guerra. Me acuerdo que celebraron el Día del Niño, o quizá fue una celebración para los niños. Hicieron una piñata: esa era la manera de ganarse a la gente. Mis papás nunca militaron, aunque simpatizaban con la guerrilla.

¿Cómo era ser adolescente en ese tiempo?

Todavía no habían llegado los celulares, ni siquiera Facebook teníamos. Eramos bastante vagos; pasábamos mucho tiempo en la calle, teníamos mucha identidad de grupo…

¿Había pandillas ya?

En la Santa Marta 1, donde nosotros vivíamos, era como territorio neutro; en la 2 había pandillas… La MS dominaba en la Santa Marta 2, y la 18 a partir de la linea del tren. Las pandillas eran más de pavonearse, de pelearse por las esquinas.

¿Como es tu experiencia de los espacios urbanos?

Estoy cruzado por esos signos de San Salvador. Soy de San Jacinto, la relación que tengo con el centro de San Salvador es muy familiar; no es el de toda la gente, está mediado por mi experiencia personal. Algunos pueden decir este no es el centro, pero es mi San Salvador, algunos espacios a los que les tengo mucho cariño.

¿Has pertenecido a algún grupo literario?

Soy algo asi como un lobo estepario, aunque sí dialogo con poetas de mi generación. Estuve “tallereando” con Roberto Laínez como en 2004. Con él fue un encuentro fructífero: te enseña que la poesía es trabajo, no solamente un rapto luminoso.

¿Cuáles son los poetas de tu generación?

Francisca Alfaro, Noé Lima, Eleázar Viera, Vladimir Amaya…

¿Podés describirlos un poco?

Francisca tiene un origen muy humilde; es una de las mujeres más inteligentes que conozco, con una gran formacion académica: es profesora de Estudios Culturales. Tiene una poesia muy depurada, muy trabajada; hay una pretensión de hacer buena poesía, que mezcla con su experiencia de [vivir en] La Chacra.

Fotos: Róger Lindo

Fotos: Róger Lindo

Luis Borja acaba de ganar el Gil de Viedma. Su poesía tiene mucho que ver con la violencia del barrio, de esos barrios periféricos, marginales… Es esa poesía a la que solo le puede dar fuerza la experiencia de la calle y el trabajo literario.

Vladimir Amaya es un poquito mas viejo, uno de los poetas más prolíficos jóvenes. Es Gran Maestro de los Juegos Florales. Yo diría que es un escritor de oficio ya; tiene un buen corpus y su poesía a mi me parece muy metafórica, muy bien trabajada.

¿Qué es lo que tienen en común?

Quiza el rasgo común es la manera de la vivencia del espacio público; nos hemos replegado al espacio íntimo. Como dice Beatriz Cortez, con la pérdida del liderazo y la caída de los proyectos políticos se abre la posibildad de explorar los deseos oscuros del sujeto, de volver al espacio urbano, de sentir cierto placer por la experiencia del anonimato… también el decadentismo.

¿El compromiso del escritor te dice algo?

Ahora estamos viviendo otro tiempo, ya no son letras de emergencia. No sé cómo definir este tiempo, es muy difícil. Nosotros ya no crecimos viendo lo que la generacion anterior vio… la utopía. Ya no hay una sensibilidad estética dominante que sea como el canon, cómo deben escribir los poetas. Ahora los poetas, algunos escriben poesía intimista, poesía social; Alfonso Fajardo escribe poesía surrealista… Hay y conviven distintas subjetividades estéticas. En el el 60 predominó una estética, eso no permitió que otra sensibilidad estética se desarrollara. Trenes, de Miguel Angel Espino es una propuesta buenísisma que no entraba en el paradigma. No tuvo el impacto que tiene ahora y hoy nos parece genial. Ya no hay una estética dominante.

¿Cómo se sitúa la poesía en este tiempo?

La poesía y el arte, para mí, siguen siendo el lugar de la resistencia en el sentido que se oponen a la razón instrumental, o a esa racionalización que se impone sobre nosotros, y que ha minado casi todas las esferas de la vida; que quiere que pensemos que las únicas actividades que valen la pena son solo aquellas que generan una ganancia monetaria. Es el triunfo de la racionalización del mercado y la lógica del dominio que ha permeado la política, las iglesias y casi todo menos el arte, porque el artista o el poeta continuan trabajando y produciendo desde otra racionalidad. No le interesa si su trabajo le va a generar dinero, y a veces, aunque sepa que se va a morir de hambre, continua produciendo porque su actividad le genera placer, y porque se siente conectado espiritualmente con lo que produce. Eso es como ir en contra del sistema porque el sistema no necesita de poetas o artistas para seguir reproduciéndose; necesita administradores y muchos abogados. La poesía es ese trabajo doméstico no remunerado, pero un trabajo no alienado. Yo reivindico el ocio intelectual.

¿Te considerás un posmodernista?

No sé si se puede hablar de entrar al posmodernismo si aun no superamos la modernidad… Sí me considero serlo por una crítica a la razón de la modernidad, que era homogeneizante y lineal… Pero si por posmodernismo se entiende que no tiene caso seguir luchando, y que las únicas ideologias a las que podemos aferrarnos van a terminar en el desencanto, entonces no. Yo siempre creo que podemos luchar… pero hay que pensar también a partir de este cambio de época: no podemos actuar como si nada hubiera cambiado. La globalización y el consumo cambiaron mucho los imaginarios, los paradigmas y todo. No podemos negar que hay una crisis de cómo se perciben las cosas durante la modernidad, pero tambien es problemático considerarnos a partir de esas categorías, a partir de una Europa moderna o posmoderna, y de como en Europa miden el tiempo.

¿Qué estás leyendo en estos días?

Ahora a Leopoldo Maria Panero: Poemas del manicomio de Mondragón… una imagen mas desgarradora, y también a Baudelaire: Un diario íntimo. Me he reconciliado un poco con la narrativa centroamericana, y hoy estoy estudiando lo que se produce en El Salvador y Centroamericana. Antes solo leía escritores de fuera para no parecer provinciano; pero he descubierto que Centroamerica si cuenta con escritores de primera: Rey Rosa, Franz Galich, Jacinta Escudos…

¿Qué te aporta la experiencia académica?

Me ha dado otras lecturas, historia. Yo casi no sabía de historia. También [aprendo de] el diálogo con lo académico, con los Estudios Culturales y las herramientas teóricas de los estudios literarios. Es ver la creación desde el otro lado.

¿Has tenido oportunidad de visitar otros países?

Bueno, el único país al que he viajado, fuera de Centroamérica, es Cuba. Estuve en dos ocasiones en La Habana, una ciudad con una arquitectura y una estética impresionante que lo hace sentir a uno como si viajara a 1950. Se nota, pues, que sienten mucho respeto por su patrimonio material e inmaterial y, en ese sentido, yo creo que tenemos mucho que aprender de los cubanos. Porque a pesar de tener problemas tan complejos como los nuestros, ellos le apostaron y le siguen apostando al desarrollo de la cultura y el arte, demostrando que no es problema de presupuesto sino de interés y  voluntad política.

¿Cuáles son los puntos de encuentro de los poetas en San Salvador?

Yo en Leyendas me encuentro con los amigos… en Café Latte… en El Arpa —la zona bohemia de la [colonia] San Luis. Es el unico lugar que le queda a los artistas si se habla de una zona bohemia. Ojalá algún día rehabiliten el centro. El paseo El Carmen es como la extensión de Multiplaza, para gente de bien. Es más hedonista, no tiene ningún concepto de nada; ademas, es demasiado caro. Está destinado para la gente de clase media para arriba.

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