ANTE MI POSIBLE HIJO Santiago Ruiz

SantiagoRuizSantiago Humberto Ruiz Granadino 2 de Enero 2018

Vivía en casa de mi abuelo paterno, disfrutando de las comodidades de pertenecer a una familia adinerada; tenía una espaciosa habitación, la cual permanecía completamente limpia y ordenada por el trabajo esmerado de dos sirvientas “de adentro”, la más joven tenía unos catorce años, muy bonita, con un cuerpito escultural y muy amable conmigo; a los pocos días que ella había llegado a la casa, proveniente de una de las fincas de mi abuelo, ya me la había amontonado cuando llegó por la mañana a realizar el aseo de mi habitación. Para evitar ser descubierto en esa de mis primeras aventuras amorosas, comencé a llegar a su pequeña habitación como a las diez de la noche, cuando todos en la casa posiblemente estaban dormidos; a mi abuela le gustaba dormir teniendo la puerta de su habitación completamente abierta, pero yo tenía que pasar por el corredor frente a esa puerta, lo que me obligaba a gatear o más bien arrastrarme por el piso para que no me viera. Disfrutamos de esa luna de miel durante dos semanas, hasta que mi abuela la envió de vuelta a la finca, desde ese día le ayudó a supervivir por muchos años.

Yo continué mis estudios secundarios, obtuve mi bachillerato y me gradué de economista cuando tenía veinte y seis años. Mi abuela tenía la obsesión de casarme con una muchacha educada, de buena familia y con bastante dinero; yo me había acostumbrado a tener noviazgos de pocas semanas o meses de duración, con algunas de mis compañeras de estudios o aquellas que conocía en las fiestas estudiantiles o simplemente a la entrada al cine (cuando estaba comprando los chicles u otras golosinas. Mi abuela decidió adoptar una estrategia posiblemente muy efectiva para que yo me comprometiera con la mujer “ideal”: en tiempo de vacaciones, invitaba a la muchacha seleccionada por ella (bonita, educada, de buena familia y con dinero) a que pasara unos días o semanas en nuestra espaciosa casa en Sonsonate o en la gran casona de la finca “Las tres ceibas”, yo la pasaba bien en compañía de estas muchachas, pero con mucha precaución para que no tuviera consecuencias inesperadas de tipo físico o sentimental.

Pasaron los años, estudié mi maestría en Chile, me casé con una chilena y había tenido un ejercicio profesional muy exitoso en varios organismos internacionales. El Partido Comunista de El Salvador decidió que yo fuera el Presidente del Instituto de Transformación Agraria (ISTA), durante los pocos meses de duración de la Junta de Gobierno Revolucionario, para que contribuyera a la redacción de una Ley de Reforma Agraria (que expropiara a los grandes propietarios de tierras de uso agrícola, a los precios que los mismos habían declarado para efecto de pago de impuestos, pagando la mayor parte del valor de la tierra con bonos gubernamentales a plazos mayores de veinte años y preparar las condiciones para su ejecución). Parte de mi trabajo consistió en recibir a grandes propietarios de tierras ( o sus representantes), que habían ofrecido vender sus tierras agrícolas al ISTA a precios de mercado, algunos meses antes de que yo tomara posesión del cargo; pero también reunirme con representantes de cooperativas u otras formas de organización campesina que posiblemente recibirían tierras expropiadas por la inminente reforma agraria.

Un día de tantos recibí al presidente de una cooperativa de campesinos de varios cantones del municipio de San Pedro Puxtla, en donde la mayoría de tierras eran de propiedad de los hijos legítimos de mi abuelo, estaba interesado en que yo le aclarara si esas tierras serían objeto de reforma agraria; yo le confirmé que esas tierras serían parte de esa reforma, no obstante que pertenecían a mi padre, así como a tíos y tías. Me había llamado la atención que el joven campesino de unos veinte y dos años de edad, no tenía muchos rasgos indígenas y especialmente que era narizón y de orejas grandes (un rasgo de la familia de mi abuelo); le pregunté sobre su familia y el lugar en que vivía, respondiéndome que era de la familia García (el apellido de la bella jovencita con la cual había tenido una de mis primeras lunas de miel) y que vivía en el cantón Texispulco (en donde la mayoría de las tierras eran de los descendientes de mi abuelo; esto hizo que aumentara mi curiosidad y le pregunté quién era su madre, su respuesta confirmó mis sospechas; Sentí que la temperatura de mi cuerpo descendió con rapidez, mi mayor deseo era levantarme, abrazarlo y pedirle perdón por mi abuso sexual; pero en ese momento, el joven dijo que quién podía dar mayores referencias de su familia era mi abuela paterna, quién siempre había velado por la situación económica de su madre y la educación que él había recibido; esa información hizo que yo permaneciera sentado y no revelara que yo era su verdadero padre.

Dos días después le pregunté a mi abuela si ese muchacho era mi hijo y ella me dijo “ella quedó embarazada como dos meses después de que regresó a la finca”; abrió un ropero finamente labrado y de una de las gavetas extrajo una partida de nacimiento de mi supuesto hijo, expresando “mira la fecha de nacimiento y saca tus propias conclusiones”.

 

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